Identidad en Ya no estoy aquí

Cómo te vistes, cómo te cortas y arreglas el cabello, la cumbia que escuchas, rebajada, y que bailas con los tuyos, con el Sudadera que está bien morro, entre ceja y ceja con la Chaparra, con el Isaí antes de que se pierda en el pistoleo, con el Jeremy antes de que se ponga a predicar en rap, porque entraron los Zetas y valió verga todo. Y cómo hablas, cómo te expresas con las manos, cómo dices para arriba y para abajo otra vez porque por aquí no hay salida.

Eso es identidad. Identidad que fortalece, porque es experiencia estética, porque es endorfinas, es ver el barrio y que se van prendiendo las luces. Es colores de noche, es que por la mañana te nombren en la radio que oyen todos, o quienes te importan, junto a los nombres otros que también tienen identidad.

“Me hubiera gustado tener un compa como tú güey, de morro, que acá anduviera cuidando a la banda.” Pero pues chale, no se hizo. Identidad y sentido de pertenencia. Son lo mismo, casi. Los factores protectores que se ilustran en Ya no estoy aquí. Y redes de apoyo. Cuando menos una sola red: la de los Terkos.

Todo se perdió. Pero palo dado ni Dios lo quita. Algo se ha quedado.

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